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Fragmento de Dios en una esquina, Ignacio Cid


Suelo darme cuenta de todo lo que sucede a mi alrededor. Lo hago antes de que lo hagan los demás, antes incluso de que las consecuencias empiecen a afectarme a mí o al resto de gente que me rodean. No sé bien cómo lo hago. Tampoco es necesario que esté sucediendo nada malo o particularmente relevante, solo es necesario que, sea lo que sea, haya empezado a manifestarse de forma sutil, haciendo saltar los «mecanismos del cambio» adecuados para que mi cabeza se ponga a funcionar y detecte esas delicadas señales, esos indicios susceptibles de ser ignorados por cualquier otra persona.

En este caso, por supuesto, las manifestaciones de que algo iba mal no fueron especialmente sutiles. Solo el ruido ya fue suficiente para que mi cabeza —que no estaba en ese vuelo, sino en un hospital allá abajo, con mi hijo recién resucitado— se tiñera de alarma en un grito con mil tonalidades de rojo. Poco después, todos los que íbamos dentro pudimos ver el caza del ejército a través de nuestras ventanas, pero para entonces yo ya sabía que aquel vuelo no iba a ser como los demás. Lo primero en lo que pensé fue en una alerta de bomba, en que estábamos siendo escoltados en el aire, que era posible que se diera la orden para que esos dos aparatos terribles que nos flanqueaban como dos jinetes del apocalipsis postmodernos nos derribaran, y todo aquello —mi ejemplar de la revista Science, el chico oriental en posición de loto que viajaba justo al lado, la señora sentada detrás (siempre insatisfecha con el contenido multimedia de su pantalla, que cambiaba a golpes de pulgar tan violentos como pulsos chinos), la pareja dormida recién casada y envuelta en tres o cuatro mantas rojas de la compañía aérea, la pareja de gemelas que no paraba de coreografiar su hastío…— se convirtiera en una bola de fuego y la mayoría de almas allí atrapadas ni siquiera tuviera tiempo para darse cuenta de que, en un instante, acabarían por convertirse en un viento extraño, en aire y polvo envuelto en llamas. Pero yo sí, claro. Yo ya intuía que entre los posibles finales de aquel viaje estaba el de morir de una forma salvaje y horrible, sin haber llegado a tener siquiera la ocasión de ver a mi hijo consciente después de todos aquellos meses de angustia. Sin embargo, el avión acabó aterrizando y nos mantuvieron dentro durante un tiempo casi interminable mientras el comandante nos aseguraba que todo estaba bien, que aquella situación era tan solo parte de un protocolo de seguridad activado como respuesta a un error de identificación del aparato, que las autoridades pronto enmendarían su error y que podríamos bajar del avión y dirigirnos a nuestros destinos sin ningún problema añadido. Evidentemente, yo sabía que eso no iba a ser así, y aunque el mensaje del comandante y las sonrisas amables de las azafatas sirvieron para que el chino de al lado dejara de gritar, para que la señora del pulgar indeciso dejara de mover mi asiento con el frenesí de la condenada a muerte y para que la pareja de recién casados volviera al falso cobijo de sus mantitas de poliéster, yo supe de inmediato que aquello no acabaría tan rápido como nos habían prometido y que, por supuesto, toda la estridencia protocolaria vislumbrada hasta el momento respondía a la magnitud de lo que allí estaba sucediendo. Después, todos esos señores de uniforme verde con los que tantas veces había tenido que lidiar durante mi vida profesional —y que nos miraban con un velo de asombro indisimulado, como si estuvieran contemplando fantasmas— nos condujeron a la terminal satélite, que estaba vacía y parcelada con cientos de mamparas móviles: el lugar había sido transformado en un enorme y moderno hospital de campaña. Los subfusiles que cargaban al hombro evitaron cualquier discrepancia aspaventosa por el camino, más allá de las constantes murmuraciones y los inevitables porqués, que por el momento no iban a recibir respuesta. A esas alturas, pude configurar en mi mente un mapa concreto de lo que allí estaba sucediendo: aquello era un centro de confinamiento; estábamos oficialmente en cuarentena, a pesar de que nadie hubiera mencionado esa palabra de momento. Sin embargo, no vi ni una sola mascarilla. Ni el ejército ni la policía nacional ni los sanitarios que pululaban entre las sillas, los pasillos y las cintas transportadoras —ocupados en algo que, bajo mi criterio, se reducía al transporte acelerado y algo errático de mesas, instrumental e informes, lo que solo podía significar que no tenían órdenes claras de lo que hacían allí ni de lo que tendrían que hacer a continuación: esa orden aún no se había dado, no había protocolo más allá de nuestro confinamiento— llevaban mascarilla ni traje de protección. La opción de una alerta por infección bacteriológica, vírica o química se desvanecía. Entonces, ¿qué era lo que estaba pasando? Intenté llamar a Sara, pero no había señal. Estaba siendo inhibida por el ejército. Nos querían allí, totalmente incomunicados, y nadie iba a venir a explicarnos cuál era nuestra situación ni las causas que la habían generado, posiblemente porque cualquier comunicación al respecto podría interferir en las razones mismas que nos habían llevado hasta allí. Por esa razón supe que nadie iba a ayudarme. Tampoco tenía forma de ponerme en contacto con mi enlace en Madrid, aunque suponía que ya estaría informado y era posible que anduviera por allí, tratando de convencer a quien fuera para que me dejaran marchar. Sea como fuere, mi responsabilidad civil acababa allá donde empezaba mi ansiedad por volver a ver a mi hijo. Todos aquellos meses habían sido duros, difíciles, emocionalmente críticos, y ahora acababa de aterrizar de aquella forma tan extraña después de doce horas y media de vuelo directo desde la agotadora Shanghái. El asunto chino había acaparado toda mi atención y energía hasta la llamada de Sara. Sara no solía llamarme cuando estaba trabajando, a pesar de ser Sara y de que no había regla ni norma que se ajustara a su manera de relacionarse y entender el mundo. Sin embargo, supe que me tenía que decir algo importante y en el acto lo relacioné con xxxx. Había despertado, pero no quería hablar con nadie que no fuera yo. Ni siquiera con su madre, lo que suponía un golpe brutal en la escala musical dislocada que eran la cabeza y el corazón —todavía bonito, incluso más hermoso que nunca— de Sara. Solo hablaría conmigo. Tenía que decirme algo importante. Algo que solo yo podía saber. Algo que había visto u oído o imaginado durante su longa noite de pedra. Sara me dijo que el daño cerebral seguía acotado en una pequeña hemorragia que ya estaba prácticamente reabsorbida, por lo que aquella actitud podía deberse a su estado de confusión y a esa emersión lenta que era el proceso de salida del coma más profundo. Aunque esto, claro, lo acepté sabiendo que la radiografía de una mente zamba desde la óptica audaz y terrible de mi chica Dubái no podía ser en ningún caso una radiografía completa, solo parte de ella y sin luz de fondo. Sara estaba más loca de lo que mi hijo convaleciente podría estarlo jamás y, aun así, yo sabía que Sara estaba en lo cierto y que el pronóstico cauto de los médicos en cuanto a los requerimientos y peticiones de xxxx era, tal y como dijo, una «puta porquería técnica de médicos que siguen sin saber dónde se pincha para hacer sangrar el alma». Sabía que xxxx necesitaba decirme algo. E intuía que mi presencia era vital para su completa recuperación. No voy a culparme a estas alturas por no haberme quedado allí, con él, junto a su cama, como su madre. Los dos sabíamos que aquello podía ocurrir y los dos habíamos aceptado las posibles consecuencias derivadas de ello. No, con Sara las cosas no funcionaban en ese sentido, y con eso, por supuesto, nuestros actos, nuestras decisiones, siempre quedaban fuera de cualquier juicio de valor por parte de terceros; asunto que, por otra parte, nunca había supuesto ninguna interferencia en nuestra extraña e intensa y profundamente íntima relación de amor. Con Sara Dubái podía aprender, en un solo día, mil formas de amar distintas a las que solía experimentar una pareja normal a lo largo de toda su vida. Era extraño y era bonito y era, sin duda, un campo estéril para sembrar ninguna sospecha relacionada con nuestra capacidad y ansia de amarnos, los tres, siempre, bajo cualquier circunstancia. Y siempre gracias a nuestras particularidades, nunca a pesar de ellas. Lo que quiero decir es que no podía quedarme allí haciendo de cobaya mientras el mundo de mi hijo se desmoronaba sin mi presencia. Y eso, por muy arriesgado que fuera en aquel contexto absurdo y grotesco en el que me veía inmerso, solo podía significar que ni todas las metralletas del Ejército español me podrían retener. No soy ninguna especie de Rambo. Ni siquiera un James Bond. En realidad, no sé lo que soy, nadie ha hecho todavía ninguna película sobre mí. Pero sé que siempre hay posibilidades, huecos, fallos. Y que la vida es mucho más surrealista en su propuesta de lo que ninguna película podría llegar a reflejar. Así pues, fiel a mis intenciones, traté de buscar la llave de plata que me abriera la puerta de entre todo el montón de paja y esqueletos y bullicio chino que colmaba mis oídos. Esa llave, la única válida para salir de allí, tendría que tener la forma de un descuido, algo ajeno al protocolo que tenían montado. Había muchas armas y mucha policía y ejército y yo estaba, como quien dice, atado de pies y de manos y solo tenía la fuga razonable de los lavabos. Estaban empezando a formar un grupo con los que nos agolpábamos en esa sala de espera de la terminal, la aledaña a la Puerta 52. Habían comenzado a reclutarnos, arrejuntarnos y pedirnos los pasaportes. Intuí la estructura de aquella fábrica de apestados: en primer lugar, nos sentarían detrás de unos biombos custodiados por dos militares, donde un policía nos tomaría los datos y después nos haría algún tipo de interrogatorio. Vi a la intérprete china que salía y entraba de mi campo de visión mientras paseaba detrás del biombo de color blanco que alguien había colocado mal —una de las ruedas estaba montada sobre la pata de un asiento y el biombo formaba un pequeño ángulo que me permitía ver más de una pierna que de la otra cuando las dos estaban tras la lona—. Iba vestida con un traje de chaqueta y falda de color rojo y se miraba las manos, frotándoselas como si se las hubiera lavado con ácido. Nervios: foco de descuido. Después del interrogatorio, nos obligarían a engordar una lista que, por estricto orden alfabético, nos llevaría a visitar aquella otra sección de biombos que hervía de médicos, ats y jeringuillas. Así que centré toda mi atención en los cuatro baños que podía vigilar desde mi asiento. Y me fijé en la gente que entraba. Normalmente eran pasajeros, compañeros de penas que entraban a mear o a refrescarse o a tratar de tranquilizarse ante las respuestas canónicas y desesperanzadoras que no se cansaban de repetir nuestros guardias custodios. También entraba, de vez en cuando, algún miembro del personal sanitario. Fue entonces cuando me percaté de la presencia de una doctora o enfermera bastante joven que se acercaba hacia el servicio más alejado de mi posición, y lo hacía en una suerte de movimiento desacompasado, asíncrono, efectuando después un extraño movimiento con su mano, una sensual caricia en las comisuras del hueco que daba al baño de señoras, como si fuera una sutil refriega felina, marca de dedos que dejaba su olor impregnado en la entrada de aquella cueva. Una invitación. Un minuto después, entraba con paso decidido un doctor de bata abierta, mirando una única vez, muy brevemente, hacia atrás. Parecía seguro de sí mismo, muy pulcro y bien parecido. El tipo de hombre que se quitaría su bata de médico y la dejaría colgada del perchero antes de ponerse a follar en un baño de aeropuerto. Sentí que algo en mi interior se tensaba en el momento que lo perdí de vista. Era mi oportunidad, el saliente al que agarrarme antes de caer. Unos segundos más tarde, lograba aprovecharme de las protestas enérgicas de mis chinos viajeros —acababa de iniciarse el reclutamiento militar justo detrás de mí— y era yo quien atravesaba, sin aspavientos, el arco del lavabo de señoras. No vi a nadie dentro, por escuché ruido de prendas en la hilera de retretes. Dejé mi pequeño maletín, única pertenencia de la que no podía desprenderme, al lado de la puerta. Localicé el cubículo pornográfico sin demasiada dificultad. Me acerqué. No hice ruido. En ocasiones, el ser humano utiliza métodos muy complejos para deshacerse de la tensión. Otras veces, esos métodos son simples y primitivos, como el sexo. Deslicé mi cuerpo a través de la puerta del cubículo aledaño al que estaban utilizando de picadero; mis zapatillas apenas rozaron la porcelana cuando subí a la taza y asomé la cabeza al otro lado. Ella estaba de rodillas sobre el retrete. Tenía las dos manos apoyadas en la cisterna. La bata en el suelo, lencería blanca, los pechos libres, balanceándose, cantidad de movimiento, acción y reacción. Él también se había quitado la bata, pero, tal y como había predicho, se había tomado unos segundos para dejarla colgada de la percha, situada en la parte interior de la puerta, justo a sus espaldas. En aquel momento se lo veía especialmente concentrado mientras atendía por detrás a la señorita. Tenía las manos grandes, muy masculinas, y con una de ellas le palmeaba el culo —no fuerte, pero con el ápice justo de violencia como para hacerlo excitante— mientras agachaba la cabeza y jadeaba. No parecía importarles que alguien los pudiera sorprender en plena efervescencia de sexo raro. Una perversión simpática, fetichismo de carretera. Alargué la mano y tiré de la bata hacia mí. Fue una acción limpia, rápida, sin consecuencias. En el espejo de la entrada me detuve una décima de segundo y miré la plaquita identificativa con el nombre del buen doctor. Dr. Buscapó. Me gustó el nombre. Exótico. Salí de los baños. Salí de la terminal. Como había supuesto, nadie me pidió identificación alguna. Les sirvió con verme la bata y mi cara constreñida, preocupada. Una vez fuera de la terminal, arrojé la chaquetilla de doctor en una papelera, pero me quedé la pinza con la tarjeta identificativa. Nadie me vio hacerlo, por supuesto. Me percaté de que había como cien furgonetas de televisión, radio y medios digitales de prensa. Me coloqué la pinza en la solapa de la chaqueta y simulé que hablaba por el teléfono móvil mientras pasaba al lado de policías y reporteros de todos los pelajes. Todos supusieron que era un periodista más, nadie me hizo caso. Así fue cómo salí del aeropuerto.



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