• Editorial Cazador

Lenguaje inclusivo

Cuando el idioma es manejado por hombres.

Lenguaje inclusivo.

Algo de lo que se “acusa” al lenguaje es de que es un constructo social. Por supuesto que lo es, como lo es llevar pantalones, comer carne o no hacerlo, peinarse, incluso dejar para la intimidad actos que se encuentran en la base de la Pirámide de Maslow. Todo lo que somos y todo lo que hacemos es un constructo social.

En el momento en el que el ser humano sale de las cavernas y comienza a vivir en sociedad se establecen una serie de parámetros para no sobrepasar los límites individuales propios y transgredir los de otros (seres humanos).



Lo que también es cierto es que la lengua debe estar pendiente de los cambios sociales y no al revés. La gente evoluciona y hace que la lengua evolucione. Otra cosa son los parámetros oficiales que establece una academia, la RAE en nuestro caso, y que suelen estar absolutamente desajustados a los tiempos que marcan las personas. Esto ha sido así siempre. Las academias tienden a tener la creencia de que sus reglas son inamovibles y sempiternas. Nada más lejos de la realidad.

Regresemos un segundo al principio de este artículo, donde decíamos que la lengua es un constructo social. Lo que no se suele hacer es poner apellido al monstruo: la lengua es un constructo social creado por hombres y mantenidos por estos. Si contemplamos la formación de la RAE y contamos (sí, como si estuviésemos en el cole: uno, dos, tres, cuatro…) los miembros y las miembras, permítaseme el homenaje a Bibiana Aído, que conforman tan insigne y sacrosanto lugar, que pule, limpia y da esplendor, nos daremos cuenta de hasta qué punto los hombres (machos) son los que determinan aún en el siglo XXI cómo debemos hablar, sin que la sociedad pare la evolución del lenguaje por ellos.

Ya hace años que se reivindica un cambio en los parámetros lingüísticos en los que nos movemos al surgir de un movimiento que se autodenomina «no binario». Es decir, no son hombres ni mujeres. No se sienten identificados por estas palabras, lexemas o significantes. Llamémoslo como queramos.

Lo cierto es que la primera vez que escuché esta reivindicación me quedé pensando. No lo entendía porque, si algo tienen los constructos sociales es que se implantan en tu cerebro para que sigas las reglas. Es decir, cuando la RAE dice que los pronombres determinantes ya no se acentúan, excepto «aquél», todos debemos seguir la regla o estaremos cometiendo una falta de ortografía.

Me costaba romper con otro constructo: nacemos hombres o mujeres, aunque luego haya quien no esté bien en su cuerpo porque la naturaleza o la bioquímica se ha equivocado. Hasta ahí perfecto y lo entendía perfectamente. Pero, de pronto, llegan personas que no, no se sienten ni hombres, ni mujeres, y yo no conseguía meterlo en mi esquema mental/social/político/lingüístico (al fin y al cabo soy licenciada en Filología Hispánica), así que pregunté.



Hablé con personas no binarias, me dieron sus razones y las entendí. Comprendí que reivindican respeto a lo que son y lo que sienten. El mío siempre lo han tenido, obviamente, pero no conseguía enternderles (aquí LES está perfectamente) porque me habían programado mentalmente para entender que hay hombres y mujeres. No voy a hablar aquí del género y el sexo porque sería larguísimo.

Después de destruir mi esquema mental, pensé en el español. Un segundo, el español no tiene más que dos géneros, masculino o femenino, no hay más. ¿Y qué pasa con quienes no se sienten incluidos? La respuesta de “la gente de bien”, será: “que se jodan, nacemos hombres o mujeres, ¿qué tontería es esa de no binario?”. Tal cual lo he escuchado en boca de muchos machos que no dudan en usar “feminazi” cuando se les lleva la contraria.



Hace poco leí Conversaciones sobre la escritura. Ursula K. Le Guin con David Naimon, una obra imprescindibles si queremos adentrarnos en el mundo de la literatura. En este libro Le Guin hace un par de reflexiones que me impactaron y me hicieron pensar:

«No podemos restructurar la sociedad sin restructurar el lenguaje».

Es decir, si seguimos utilizando el masculino genérico, para referirnos a toda una sociedad, que no es solo ya que no sea exclusivamente masculina o femenina, sino donde hay personas no binarias, ¿a cuánta gente se está obviando, dando la espalda, castigando sin tener presencia solo porque han evolucionado mucho más rápido que el idioma?

En otro apartado sigue diciendo:

«Sin duda, es insatisfactorio referirme en masculino a esas personas sin género (salvo cuando entran en Kémmer y se convierten en un ser femenino o masculino de manera temporal). En 1968, usar el «they» neutro no era una opción plausible, simple y llanamente, ninguna editorial hubiera publicado el libro. Poco después salieron unas cuanatas novelas que usaban pronombres inventados para difuminar el género, pero yo no me veía capaz, no le podía hacer eso al inglés. Entonces, ¿qué hacer? Reescribí un capítulo entero de la obra cambiándolo todo a femenino en lugar de a masculino genérico y es interesante leerlo después de haber leído la versión «masculina». Pero tampoco estaba bien. No son ni un ella ni un él, son «elle». Y tampoco podemos usar un pronombre objeto como «it» (eso). Me dan mucha envidia idiomas como el finés; creo que el japonés también pueden hablar sin marcas de género, hasta cierto punto».

Le Guin lo plantea (por cierto, se refiere, ni más ni menos, a su novela La mano izquierda de la oscuridad) pero no encuentra la solución. Pero ahí está la pregunta y no creo que nadie pueda acusar a Ursula K. Le Guin de ser una iletrada… Quiero decir, nadie con dos deditos de frente. Pero no da solución porque la solución no es sencilla.

Hay quien se ríe de la fórmula que se está adoptando en español de terminar los lexemas en «e» para no marcar el género: «Les muchaches vinieron a vernos». Y siempre sale el típico defensor de la lengua patria: «Ja,ja, ja», resuena su simpática risa por los pasillos de las cátedras más pulidas y fijadas, «¿ahora habláis en asturiano?». Bueno, gente simpática siempre ha habido, tampoco hay que obsesionarse.

La fórmula: «Los muchachos y las muchachas vinieron a vernos», que es por la que muchos apuestan, no solo deja fuera a esas personas no binarias, sino que haría que cualquier novela tuviera 800 páginas. Así que tampoco es factible.

Tampoco en español hay una solución sencilla, pero debemos buscarla entre todes porque es la única forma de mostrar respeto e incluir en la lengua (en la realidad, por mucho que fastidie a muchos, ya son) a quienes no se sienten como la sociedad dicen que deben sentirse.

Mientras no se llegue a un consenso lingüístico que pasa por una de las instituciones más rancias que tiene España, la RAE, Cazador va a adoptar la fórmula acabada en –e para referirse a esas personas que merecen el mismo respeto que quienes se sienten hombres y mujeres.

Así que, muchaches, a partir de ahora. Nos oiréis «hablar asturiano» porque, lo que no vamos a hacer es acatar órdenes sociales de quienes no son capaces de incorporar a las mujeres, si no es residualmente, a su sancta santorum.

Mientras, animamos a los lingüistas a establecer, de una vez, un debate real sobre cómo se va a establecer el cambio de paradigma al español, una de las lenguas más evolucionadas del mundo.

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