Cuando Concepción Arenal (1820-1893) publicó La mujer del porvenir en 1869, las mujeres en España no tenían derecho al voto, eran consideradas inferiores intelectualmente, no podían acceder a la educación superior formal, tampoco trabajar, y no disponían de autonomía jurídica, lo que les obligaba a depender de un hombre: del padre o del marido. De otra forma, quedaban relegadas a ser solteronas o a vivir de oficios infamantes, como cigarreras o prostitutas. 

Dos años antes, la revolución liberal supuso un duro golpe para el antiguo régimen, así como el primer intento de establecer un sistema político democrático. Sin embargo, igual que sus colegas francesas tras la revolución de 1789, las españolas descubrieron que los ideales de libertad, igualdad y fraternidad (en francés, "Liberté, égalité, fraternité") estaban destinados a un solo género: el masculino. La ‘revolucionaria’ Constitución española de 1869 proclamaba igualdad ante la ley y abolía los privilegios de clase, pero seguía manteniendo los de sexo.

La mujer del porvenir es un reflejo de todo ello. De cómo las mujeres eran consideradas inferiores intelectual y jurídicamente, lo que las situaba en una situación de sumisión a los hombres. ¿Había algún argumento válido que justificara la subordinación de las mujeres? ¿Por qué debían estar confinadas a cuidar de la familia y al espacio doméstico? ¿No sería beneficioso para la sociedad que las hijas, hermanas, madres o esposas se cultivaran intelectualmente? 

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La mujer del porvenir

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  • Concepción Arenal